Dos kilos de harina le cambiaron la vida. Por la pandemia perdió su trabajo y no tenía un peso para mantener a su familia, hoy gana tres veces más que en su trabajo anterior. ANTONIO EL PANADERO

Antonio trabajaba como peón de albañil, pero el efecto de la pandemia lo dejó sin poder ganar el sustento diario. Estuvo casi un mes sin poder conseguir otra actividad laboral. ‘‘No tenía un peso para alimentar a mi familia’’, recordó el hombre en diálogo con Emisario.

Pero todo cambió cuando desde el Área Social del municipio de nuestra localidad le enviaron un módulo alimentario donde, entre otros productos, había dos kilos de harina común, que le cambiaron la vida al obrero que hoy -haciendo pan casero- triplicó su anterior sueldo.

La pandemia y la cuarentena le jugaron una mala pasada a Antonio Areco, un hombre que se ganaba el sustento diario como peón de albañil para poder mantener a su familia compuesta por su esposa y dos hijas. Si bien no era mucho lo que ganaba, le permitía sobrevivir, pero en Marzo, cuando un virus silencioso llamado COVID- 19 entró para quedarse en el país, todo cambio para los argentinos y también para Antonio.

El viernes 20 de Marzo el presidente Alberto Fernández dictó el aislamiento social preventivo y obligatorio en todo el territorio y el coronavirus obligó un esquema de restricciones en todas las actividades, siendo el rubro de la construcción una de las más afectadas.

‘‘La gente tenía mucho miedo al comienzo, por eso se pararon algunas obras que estaban en construcción y yo quedé sin trabajo’’, comenzó contando su historia el hombre oriundo de la ciudad bonaerense de Merlo.

‘‘Estuve casi un mes sin trabajo, no tenía un peso para mantener a mi familia, la pasamos muy mal. A pesar que buscaba hacer cualquier tipo de changas, era difícil conseguir algo’’, añadió.

Ante esta lamentable situación, Antonio fue a pedir ayuda a la Municipalidad. Desde el Area Social lo ayudaron con bolsas de alimentos esenciales y eso le cambió la vida.

‘‘La señora Ana María Paredes (Secretaria de Gobierno) nos llevó una bolsa con muchos alimentos para comer al menos por una semana. Entre esos alimentos había dos kilos de harina común, que para nosotros fue oro’’, continuó diciendo Antonio quien desde hace varios años está radicado en Mackenna.

La venta de pan casero le cambió la vida…ANTONIO EL PANADERO 2

‘‘Con esos dos kilos de harina mi esposa decidió hacer pan casero, aunque no sabíamos si la gente nos iba a comprar’’, confesó ‘‘Don Areco’’ como lo llaman sus vecinos.

Respetando todo el protocolo sanitario y de bioseguridad, Antonio ganó la calle con una caja al hombro donde llevaba diez panes caseros, los primeros de su emprendimiento que hoy lo hizo muy popular en la comunidad de Mackenna, porque los mismos clientes aseguran que son muy sabrosos.

Vestido con su uniforme y gorro blanco de panadero, guantes y los elementos exigidos (barbijo, alcohol gel etc), el hombre de piel morena se lo veía -a pesar de los días ventosos, fríos o de calor-, caminar las calles de Mackenna ofreciendo su panes caseros.

‘‘Los primeros días no golpeaba puertas, me daba temor a que no me abrieran por el tema del contagio, entonces le ofrecía pan a quienes veía en las veredas y a quienes cruzaba caminando’’, comentó.

‘‘Así empecé. De a poco fui vendiendo los diez panes que hacía mi señora y fuimos aumentando cada día un poco más. Cuando vendía mucho por la mañana, hacíamos más para la tarde, porque el pan que vendo es del día, es fresco’’, aclaró el ahora panadero ambulante.

‘‘Cuando la cosa fue mejorando decidí dejar de trabajar como albañil y dedicarme a esto. No fue una decisión mía, la pandemia me llevó a cambiar de rubro, y gracias a la gente de Mackenna y a la Municipalidad hoy puedo decir que ganó mucho más que cuando era peón de albañil’’, reconoció y agradeció.

La clientela cada día era mayor, entonces a Antonio le era imposible salir a vender con varias cajas. Por eso con unas chapas, maderas y unas ruedas de bicicletas que encontró pudo armarse un carrito, pintado también de blanco.

Durante la nota realizada en una esquina, pudimos observar como la gente que circulaba por ese sector, al verlo paraba su vehículo, se bajaba y compraba su pan.

Al preguntarle cuanto había vendido hasta ese momento (casi el mediodía), Antonio con mucha satisfacción expresó: ‘‘Ahora estoy vendiendo entre cincuenta y sesenta panes por la mañana. Cuando eso pasa, mi señora hace más y vuelvo a salir por la tarde’’.

Lo que ganaba de albañil por mes ahora lo gana por semana

Los panes ‘‘ricos y sabrosos’’ que cocina la señora de Antonio se venden a los habituales clientes, y a otros espontáneos que, al saber de la exquisitez del producto, no dudan al verlo, llamarlo y comprar para luego disfrutar en familia.

Solo hay que sacar cuentas para saber que lo que antes como peón de albañil Antonio ganaba en un mes, ahora lo gana por semana, si vende casi cien panes por día.

‘‘Me siento muy feliz y agradecido a la gente, porque ahora sí puedo mantener a mi familia. Mi señora se levanta a la madrugada para cocinar el pan y yo temprano salgo a venderlo por las calles, siempre respetando el protocolo sanitario’’, afirmó, mostrando que en un rincón de la caja del carrito lleva alcohol en gel, servilletas, y otros elementos para desinfectar los billetes y el móvil.

Antonio es un argentino más de los que no tienen un sueldo fijo por mes ni reciben planes sociales, es de los que se ganan el sustento diario con mucho sacrificio.

De repente quedó sin trabajo y la pasó muy mal junto a su familia. No tenían para comer. Hasta que la suerte le llegó en una bolsa de alimentos, donde había dos kilos de harina común, que luego se convirtieron en ‘‘oro blanco’’ para él y su humilde familia.

 

Alejandro Fernández